En plena avenida, conviviendo con los peatones, los coches y el tranvía podemos encontrar un verdadero riachuelo como si nos encontrásemos en pleno campo, con sus hierbajos y matorrales.
Un desafío a lo que es la jardinería de ciudad, demostrando que se puede desaprender lo aprendido, que hay otras formas de belleza, que lo salvaje, con su orden desordenado puede ser extraordinario y que las plantas silvestres también son bonitas.







